miércoles 6 de enero de 2010

Albert Camus

No soy de los que predican la virtud; demasiados la confunden con la debilidad. Si tuviera algún derecho, les predicaría más bien la pasión. Quisiera que no cediesen cuando se les diga que la inteligencia está siempre de más, cuando se les pretenda probar que es lícito mentir para triunfar más fácilmente. Quisiera que no cediesen ante la astucia, ni ante la violencia, ni ante la abulia. Entonces, el hombre volverá a sentir ese amor por el hombre, sin el cual el mundo sólo sería una inmensa soledad.

lunes 4 de enero de 2010

Alain Bashung (París, Francia, 1947-2009)



¿Me has echado de menos? Esa pregunta aparece repetida en varias ocasiones en la canción Je t’ai manqué, incluida en el disco Bleu Petrole (Petróleo Azul, 2008) que fue el último disco de Alain Bashung que vio la luz antes de su fallecimiento el pasado mes de marzo cuando contaba 61 años de edad, derrotado por un cáncer de pulmón.

Se trata del cantante francés más premiado de aquel país, y precisamente 15 días antes de su fallecimiento, se llevaba los premios al mejor intérprete masculino del año, el mejor álbum y la mejor gira, premios todos ellos empequeñecidos al lado del que le habían concedido en el año 2005 al mejor álbum de los últimos 20 años en Francia. El disco era Fantaisie militaire (Fantasía militar, 1998).

En la música de Alain Bashung se dan la mano el folk, el rock y la Chanson y se convirtió en una figura absolutamente imprescindible para entender la música contemporánea en el país vecino. Una figura de la que se dijo que había venido a ocupar el lugar que con anterioridad había ocupado Serge Gainsbourg, lo que dicho en Francia son palabras más que mayores, además de ponerlo al nivel de otras grandes figuras de la Chandon como Brel, Barbara, Brassens y otros.



“Nos ha abandonado un príncipe, un inmenso poeta, un cantante comprometido”, dijo el presidente de la República, Nicolas Sarkozy cuando se conoció la noticia de este músico, también actor (su primera aparición en el cine fue en la película El cementerio de automóviles, de Fernando Arrabal), que nunca conoció a su padre mientras su madre trabajaba de panadera.

Su relación con la música vino, por un lado, por la radio y, por otro, de una base norteamericana próxima a la casa de sus abuelos, donde descubrió el rock. La música se fue abriendo camino en su vida hasta que decidió abandonar sus estudios de contabilidad para coger la guitarra y la armónica e iniciar una carrera que, al principio, fue un tanto irregular formando parte de diversas bandas de distintos pelajes.

Las cosas cambiaron radicalmente cuando, en 1974, entre en contacto con le letrista Boris Bergman con quien compondrá el tema Gaby, oh Gaby, un single del que vendería, en 1980, más de un millón de copias, y ahí empezó todo. Ese tema estaba incluido dentro del disco Roulette Ruse (Ruleta rusa). Al año siguiente, pondrá en el mercado Pizza, un álbum en el que destacan los sonidos roqueros y que tendrá también una gran acogida.

La influencia que ejerce sobre su música el rock, quedará plenamente puesto de manifiesto en el disco Osez Joséphine (Osad Josefina, 1991), en el que hace versiones de algunos clásicos del rock norteamericano, y eso después de que en sus inicios compusiera una canción en la que preguntaba. Y eso lo mantendrá a lo largo de su carrera, sin perder por ello sus raíces nacionales ancladas firmemente en la Chanson.

Con su voz tremendamente personal y acompañado por su guitarra, decía en su última aparición sobre un escenario, precisamente la que le llevó a recoger sus últimos premios musicales, vestido con un sombrero y unas gafas de sol debajo de los cuales intentaba disimular los estragos de la enfermedad, decía que recordaría aquel momento durante toda la vida. Ahora somos nosotros los que podemos hacerle esa promesa póstuma. Su música dejaremos que nos acompañe y nos aliente en este viaje solitario que es la vida.

viernes 1 de enero de 2010

Sam Peckinpah, el poeta de la violencia

(Artículo firmado por Carlos Boyero y publicado en el periódico El País el 31 de diciembre de 2009)

Ocurre en el arte y en la vida que determinados creadores y seres anónimos que están lejos de la perfección, en los que transiges con sus defectos casi tanto como admiras sus virtudes, poseen el don de enamorarte siempre, conectan con tus fibras más íntimas, te hacen sentir, se te pone un nudo en la garganta cuando desaparecen de este mundo, mantienen un lugar imborrable en tu memoria, los vas a echar de menos hasta tu último día.

Con los seres cercanos sólo te sirve el recuerdo para evocarlos. Con los libros, la música y las películas no existe esa limitación, ya que la desaparición de sus autores no es impedimento para que puedas seguir gozando de todo lo que crearon.

Esta semana hace 25 años que murió Sam Peckinpah. No poseo ningún director vivo, incluidos los extraordinarios Clint Eastwood, Woody Allen y Martin Scorsese, con la dimensión mítica y tan cercano a mis emociones (aunque nunca haya disparado un tiro ni montado un caballo) como este juglar de los espacios abiertos, épico y lírico, bronco y tierno, retratista incomparable de la violencia interna y externa y de perdedores con aura o exclusivamente cochambrosos, de desesperados con causa o sin ella, de profesionales que no van a morir en la cama, de amistades traicionadas que parecían inquebrantables, de principios morales y códigos de conducta en matadores presuntamente amorales, de gente que vive o sobrevive en el límite, cercana al ocaso.

Mi bautizo en ese cine de aroma y personalidad inconfundible ocurrió en Duelo en Alta Sierra. La muerte de Joel McCrea despidiéndose de su socio y de las montañas podría llevar la firma del mejor John Ford. Las grandes películas de Peckinpah siempre acaban con la muerte. De los malos y de los buenos. Lo segundo es inexacto, ya que cualquiera de sus personajes buenos no dudaría en meterle un balazo en la sesera a cualquier impedimento con forma humana. El legendario Pike Bishop, el jefe del grupo salvaje, advertía a los rehenes de su asalto al banco: "Si se mueven, mátalos".

El mayor Amos Dundee lograba finalmente acabar con el apache Charriba y cruzar la frontera de Río Grande a costa de perder en su obsesivo viaje a su sudista álter ego, el capitán Benjamin Tyreen, y a la única mujer que podría haber arreglado su torturada existencia. El suicidio que más me ha impresionado en la historia del cine es el de Bishop y su banda. Consecuentemente, mueren matando, gritando "¿Por qué no?" (expresión nihilista y habitual en el mundo de Peckinpah), con el pretexto de que intentan liberar a su socio mexicano.

Cable Hogue, el desamparado de Dios y de los hombres, el agonizante cuya fe encontró agua en el desierto, también acaba trágicamente sus días, pero éste tiene el consuelo de ser enterrado por la puta que ama y de que el predicador canalla que ha sido su problemático socio le dedique el más hermoso y complejo sermón fúnebre.

El reconvertido Pat Garrett rompe el espejo que le devuelve su indeseada imagen después de matar al forajido Billy The Kid, a su antiguo amigo, al tipo que se negó al pragmático cambio que le exigían los nuevos y arteros tiempos. El volcánico borracho que iba a triunfar por primera vez en su vida entregando la cabeza de Alfredo García decide montar el infierno y que éste se lo trague en nombre de una anhelada dignidad.

El maltrecho jinete de rodeo Junior Bonner no muere, pero sabe que lo tiene muy crudo para seguir tirando. Tampoco el acorralado matemático que acaba cargándose a los feroces perros de paja, pero ya nunca podrá identificar el camino de su casa.

Peckinpah también hizo películas olvidables, mediocres caricaturas de sí mismo. En las últimas, los estragos de la vida le pasaron factura a su arte. Da igual. Cuando estuvo en forma su cine fue duro, complejo, emocionante, poético e inmejorable. Creó escuela, pero sus esencias no admiten el plagio. Es uno de los grandes.

miércoles 30 de diciembre de 2009

Eva Hesse (Hamburgo, Alemania, 1936, Nueva York, Estados Unidos, 1970)


“Yo recuerdo que quería llegar al no-arte, no-connotativo, no-antropomórfico, no-geométrico, no, nada; todo pero de otro tipo, otra visión, otra clase… Yo estaba verdaderamente trabajando para llegar a lo no-antropomórfico, no geométrico, no-no…” (Eva Hesse)

Un tumor cerebral truncó la carrera de esta artista nacida en Alemania, pero que llegó a los Estados Unidos con tres años de edad, después de que su familia abandonara la Alemania nazi por su condición de judíos. Eva Hesse apenas si tuvo 10 años para desarrollar una obra que causó una profunda huella y que la colocaron en un nivel parejo al de Robert Morris, Bruce Nauman, o Richard Serra.

Su trayectoria artística se inició de la mano del dibujo y la pintura, hasta que en 1964 viaja, junto con su marido, el escultor Tom Doyle, a la ciudad alemana de Düsseldorf, donde empezará a trabajar en el mundo de la escultura y las instalaciones, camino en el que ahondará a su regreso al año siguiente, a los Estados Unidos y de su separación matrimonial.

Las etiquetas que los expertos colocan a la obra de Hesse, van desde el postminimalismo, el conceptual e incluso la abstracción excéntrica, por el uso que hace de materiales como el látex, la fibra de vidrio y el plástico, cuerdas, materiales de deshecho, con los que elabora unas obras en las que busca materializar “mi idea de absurdidad y sentimiento extremo”, como afirmaba la propia artista.

Una obra que durante años se analizó en clave vital, siguiendo los intrincados caminos de una existencia marcada por la huída de Alemania y la pérdida de gran parte de su familia en los campos de exterminio, o el suicidio de su propia madre. Análisis que artículos publicados después de su muerte, como es el caso de Barbara Rose que en un artículo dedicado a Hesse decía de ella que era una “hermosa y valiente mujer que produjo en pocos años una de las más imponentemente originales obras del reciente arte norteamericano” (A Special Woman, Her Surprise Art, Revista Vogue, 1973)

El caso es que Eva Hesse ha dejado para la posteridad una obra que, como escribe José Miguel G. Cortés, se mueve “al borde de cualquier ilusión de integridad, perfección o sentido de permanencia”. Una obra en la que se combinan los materiales duros y blandos destacando las cualidades sensuales del material en unas obras de enorme sensibilidad, vigorosas en su aparente fragilidad, y que imponen sus formas al espectador.


De ella se ha escrito que “hizo su propio camino con extraordinarias sensibilidad y libertad, pasando de las formas geométricas a las biomórficas, evocando sutilmente lo irracional y lo orgánico, lo industrial y lo erótico”.

“Pongo mi mano a prueba en los contrastes más absurdos y extremos. Siempre me ha resultado más interesante que hacer algo normal con la altura y las medidas adecuadas” (Eva Hesse)

lunes 28 de diciembre de 2009

Max (Menno Meyjes, 2003)

En un Munich de postguerra mundial, coinciden un marchante de arte judío, Max Rohtman (John Cusack) y un joven con pretensiones de artista de nombre Adolf Hitler (Noah Taylor), un encuentro que en la realidad nunca se produjo y Rothman es, asimismo, un personaje de ficción, pero que en la película sirven para contraponer dos visiones radicalmente distintas del mundo en general y del arte en particular.

Ambos personajes combatieron en la carnicería de Ypres, y ahí Rothman perdió su brazo derecho, y con él sus aspiraciones como artista por lo que toma el camino de convertirse en el marchante de expresionistas como Grosz o Max Ernst. Un personaje de familia acaudalada, casado con una aria y que no tiene especial apego a su tradición judía, sino que es un hombre mundano, marcado por la guerra y su barbarie y de ahí su aprecio por las obras de arte que denuncian ese sinsentido. Las obras de arte no tienen porque ser bonitas o tener buena técnica, tienen que ser honestas, le dice, poco más o menos, en un momento dado al cabo Hitler.


De todos es conocida la pretensión de Hitler de ganarse la vida como artista, pero las instituciones le cerraron las puertas a una enseñanza reglada, y en la película se le dibuja como un artista sin talento (que lo era) obsesionado con la guerra de una forma radicalmente diferente a la de Rothman. La guerra como higiene, como gloria, como espacio natural de una raza aria llamada a dominar el mundo, y llega a la conclusión de que el arte unido a la política, es igual a poder.

La película transcurre por unos caminos lánguidos, sin aristas reseñables, y en la que a ratos parece que se contempla con cierta complacencia (como hicieron millones de alemanes) el mensaje xenófobo de un chillón Hitler que estaba empezando a elaborar el pensamiento que luego reflejaría en Mi Lucha. Los dos personajes terminan siendo afectados dramáticamente por el radicalismo de unas ideas llamadas a despertar el orgullo alemán después de verse obligados a firmar la paz de Versalles.

Una película simplemente correcta, que contiene algunas reflexiones que pueden interesar a los aficionados al arte y poco más, y que termina completamente estropeada con un final absolutamente chusco.

jueves 24 de diciembre de 2009

Navidades celtas







martes 22 de diciembre de 2009

Raymond Pettibon (Tucson, Arizona, 1957)


“Cuando empecé quería plasmar la iconografía figurativa, las personas y los lugares que me rodeaban, y hacerlo con mis propios medios. Eso me llevó a un estilo como de cómic o ilustración que me parece adecuado para lo que hago. Y lo mantengo desde entonces”.

“Si uno se fija en el pasado, las categorías de arte popular y alta cultura se desmoronan. Shakespeare no era una pieza de museo. Si hago un dibujo de surf, o de Mickey Mouse o de lo que sea, no significa que me esté rebajando ni que esté haciendo un comentario irónico...”.

“Hubo una época en la que tomaba muchas imágenes de la televisión. Tenía un vídeo con el que grababa lo que ponían y luego veía los fotogramas, pasándolos en lapsos de cinco segundos. Si miras la tele desde un punto de vista puramente gráfico, casi todo son planos con cabezas que hablan; las únicas composiciones visualmente interesantes tienen que ver con algún tipo de violencia: armas, puños, cuerpos y cosas así. De modo que no es que me atraiga la violencia o los gángsteres sino que me parecía algo visualmente interesante. Y, en realidad, lo mismo sucede con el resto de mi imaginería: no creo que haya una implicación emocional o un compromiso de algún tipo detrás de la elección de mis temas. Ahora bien, me temo que voy a estar pagando toda mi vida por ese asunto del vídeo: una vez que ciertas cosas entran a formar parte del discurso crítico, se replican como un virus, de manera que lo primero que piensa la gente de mí es que me gusta la violencia”.


“Mi obra es mucho más narrativa que el cómic o los dibujos animados. Siempre me ha gustado más escribir, aunque dibujar es otra de mis ocupaciones preferidas. La literatura es mi principal influencia. En algunas ocasiones, el texto de mis obras está tomado o robado de diversas fuentes pero en otras la escritura es mía. Ahora bien, si alguien tomara cada uno de mis dibujos y rastreara el camino hasta su fuente, en la gran mayoría de los casos se llegaría a un libro o un texto”.

“Muchas veces la imagen y el texto están en una situación de disyunción total o guardan entre sí muy poca relación; a veces es el azar el que los une. Pero no sé en qué medida puedo decir que sea algo que hago conscientemente. Nunca se me ha dado bien planear o dirigir mi trabajo hacia una meta específica. El trabajo de Eisenstein giraba en torno a la superposición o el choque de imágenes, con fragmentos, montajes y esas cosas. Pero eso también puede convertirse en una perogrullada, si se lleva demasiado lejos”.


“No creo que convenga separar el dibujo del texto a la hora de analizar mis obras. El uno depende del otro. Siempre hay una imagen implícita en mi escritura, y casi siempre que hago un dibujo acaba llevando un texto. Pero bueno, esto empieza a sonar como si estuviera disculpándome por el texto, como si fuera una impureza impuesta sobre la imagen visual; en el arte la impureza no es un pecado mortal, es un espacio a través del cual debes moverte”.

“Tiendo a pensar que algunos de mis primeros trabajos son mejores de lo que se esperaba de mí entonces, o incluso ahora. A veces pienso que mi obra está perdiendo algunas de las ventajas que ofrece el dibujo: su sencillez, o su capacidad para representar las cosas con unos pocos trazos del pincel, sin trabajarlas una y otra vez, sin probar distintas versiones, sin borrar y pintar encima... Desde luego, no está mejorando. A veces me gustaría poder volver atrás, a mis primeros dibujos, pero no creo que eso sea posible”.


“Mis primeras referencias eran las historietas de humor político en los periódicos, las que salen en las páginas editoriales. Ése es mi principal punto de partida. Yo tomo prestado de todo y de todos lados, personajes de la televisión, de los dibujos animados”.

“La contracultura de los sesenta-setenta surgió en Estados Unidos entre gente que tenía acceso a medios de comunicación y que a la vez podían ser llamados a filas para combatir en la guerra de Vietnam. Ahora es distinto. Hoy los medios de comunicación se han hecho tan cómplices del régimen político que ya no hay separación, no hay distancia crítica alguna. Siempre habrá disentimiento. El espíritu de la contracultura de los setenta sigue estando ahí pero no tiene la misma fuerza, ni la capacidad de reacción en las calles que en esa época. Es lo que llamamos la mayoría silenciosa. De todas formas, yo no represento a nadie más que a mí mismo".

viernes 18 de diciembre de 2009

Lila Downs





martes 15 de diciembre de 2009

Henning Mankell

La vida es, efectivamente, una casual combinación de encuentros inesperados y de las propias decisiones que tú tomas. La vida es eso: el cruce de lo inesperado y de las propias decisiones.

Una ciudad está llena de extraños, de extranjeros en el sentido de desconocidos, algunos de los cuales pueden convertirse en tus amigos. Pero gran parte de tu vida transcurre entre extraños.

El ser humano es por naturaleza un ser racional que hoy vive en un mundo muy irracional. Vivimos en un mundo en el que la racionalidad y la inteligencia no dominan. Vivimos en un mundo en el que la injusticia es una de las dimensiones dominantes.

lunes 14 de diciembre de 2009

Nancy Spero (Cleveland, Ohio, Estados Unidos, 1926 – New York, 2009)


“La artista recupera el cuerpo de la mujer, su identidad, y la hace protagonista, por primera vez, de la historia de hombres y mujeres. Mujeres heroicas, desafiantes, pero sin cólera, gráciles, pero rotundas, recorren de nuevo la historia, alzando su puño y moviéndose libremente en el tiempo y el espacio creados para ellas. Spero elimina barreras temporales hasta ahora infranqueables y subvierte el proceso histórico, abogando por la destrucción de una imagen femenina parcial ajena a las mujeres, creando así un espejo propio en el que estas puedan reflejarse.” (Andrea Fernández)

Son varias las claves que hay que tener en cuenta para entender la obra de esta creadora norteamericana fallecida el pasado mes de octubre, y el fuerte compromiso con la causa feminista, el pacifismo y el compromiso político, son algunas de ellas, sin olvidarse del dolor físico que le causaba una enfermedad degenerativa que padecía desde hacía ya muchos años.


Un compromiso que le llevó a renunciar en los años 60 al uso del lienzo como soporte de sus obras, al considerarlo un medio eminentemente masculino, y es que una de sus luchas fue contra el mundo del arte institucionalizado que negaba visibilidad a las mujeres artistas, motivo por el cual llegó a fundar una galería de arte dirigida a difundir el trabajo de sus compañeras artistas. Por ese camino llegó a la utilización del papel como soporte, al que luego “rompía” con sus trazos agresivos, duros en ocasiones, y una paleta que empezó siendo oscura, la época de las Black paintings, y que luego se abrió algo a otras tonalidades.

En los años 50 se traslada a París junto a su marido Leon Golub y sus tres hijos, y ahí iniciará esa primera importante etapa en su desarrollo artístico, con unas obras en las que apenas si se destacan las formas y que reflejan un aislamiento interior, y que luego darán paso a otras en las que incluirá los versos de Antonin Artaud.


En los 60 regresará a su país para oponerse con toda la fuerza de su obra a la guerra de Vietnam, momento en el que sus cuadros se llenan de bombas de claras reminiscencias fálicas, hongos nucleares, y frases soeces extraídas del vocabulario militar, en la línea de un lenguaje contestarlo, subversivo, de fuerte contenido político que se seguirá viendo en toda su obra. Una obra frágil que se opone a una fuerza irracional desarrollada por seres humanos.

Sus obras son gritos angustiosos en contra de la violencia de todo tipo, pero especialmente contra la que se ejerce contra las mujeres, y uno de los puntos de atención de otra de sus fases pictóricas, ya en los años 70, fueron los abusos de todo tipo que las dictaduras latinoamericanas del momento ejercían contra las mujeres.


El uso del cuerpo femenino como transmisor del mensaje, se ve en muchas de las obras de Nancy Spero, que recupera para el arte una visión alejada de los cánones masculinos que habían utilizado el cuerpo de la mujer para transmitir unos ideales que no tenían en cuenta la opinión que acerca de ellos pudieran tener unas mujeres, que lo que tenían que hacer era adaptarse a esos cánones de belleza preestablecidos por hombres. Las mujeres de Nancy se nos aparecen expresando muecas de dolor, angustiados, como si estuviesen sufriendo una tortura física. “De ahí también ese sentido del mundo como misterio insondable donde cualquier imagen previa resultaría abolida por las siempre variables fuerzas vitales, por la muerte como transfiguración que aseveraría el tan admirado por Spero, Antonin Artaud.” (David Barro)


Los frescos pompeyanos, iconografías medievales, signos de culturas ancestrales, se dan la mano en el universo creativo de Nancy Spero, y que según afirma Jaume Vidal Oliveras, se “mezclan con imágenes del presente y de denuncia”. El mismo autor añade: “Alguno de los símbolos que utiliza Spero -la serpiente de varias cabezas con las lenguas fuera, por ejemplo- está inspirado en los códices medievales, y la agresividad, la violencia y el dolor que supura su obra no hace referencia sólo a Vietnam, sino que posee un carácter esencial, profundamente humano y animal a la vez. Observando la serie dedicada a la guerra no se sabría determinar quién es el verdugo y quién es la víctima. Se diría simplemente que es una violencia o una ansiedad sin nombre que lo inunda todo."